La graduación de Zizou y el título galo

AP
Zidane guió a Francia a la conquista del codiciado trofeo, al pasar sobre Brasil, cuyo integrante más destacado nunca apareció en el partido; Ronaldo fue simplemente un fantasma

Gerardo Velázquez de León

 

CIUDAD DE MÉXICO, mayo 13 (EL UNIVERSAL).- Pasaron 12 años para que Francia volviera a un Mundial y lo hizo como anfitriona, con el primer certamen que tuvo a 32 selecciones. Se terminó la mediocridad que significaba la clasificación a octavos de final de los cuatro mejores terceros lugares y las pesadillas de los galos, quienes por fin levantaron la Copa FIFA.

 

Lo hicieron gracias a uno de esos jugadores que marcan la historia del balompié. Zinedine Zidane ya brillaba con la Juventus, pero su graduación llegó en una Copa del Mundo, como  debe ser para los mejores futbolistas de todos los tiempos.

 

Guió al equipo dirigido por Aime Jacquet a lo más alto. En la final, le pasó por encima a 

Brasil, envuelto en la polémica por el estado físico de Ronaldo, quien —según diversas versiones— sufrió convulsiones la noche previa al encuentro, aunque nunca se comprobó.

 

Los sudamericanos parecían enfilados al bicampeonato, ya que su paso fue más sólido que el de los locales.

 

A diferencia de lo sucedido en Estados Unidos, el de 1998 fue un Mundial con buen futbol.

 

Además de los finalistas, destacaron Holanda y la sorpresiva Croacia, que tuvo un gran debut al concluir en el tercer sitio, gracias al talento del goleador Davor Suker, así como los volantes Robert Prosinecki, Robert Jarni y Zvonimir Boban.

 

Figuras que llamaron la atención, aunque ninguna más que Zidane. Ni siquiera Ronaldo, quien deslumbró por su magnífica capacidad para anotar.

 

Al genio francés no le afectó ser expulsado, en la primera ronda, por el árbitro mexicano

 

Arturo Brizio, cuya capacidad y personalidad contrastan con la de casi todos los remedos que hoy preside.

 

Los locales sufrieron para eliminar a Paraguay en octavos de final y a Italia, en cuartos. Pese a contar con un hombre distinto a todos, no parecían tan fuertes.

 

Hasta que llegó aquella noche en Saint Denis. El elegante futbolista sabía que era la oportunidad de su vida y no la desperdició.

 

Anotó dos de los tres goles ante Brasil para desatar la locura francesa. Pocas verbenas han sido más grandes que la vivida en los Campos Elíseos.